¿Cómo saber si un manglar restaurado realmente se está recuperando? El biólogo de campo Elder Ruiz Velásquez nos lleva detrás de la línea base de biodiversidad del proyecto Mangrove Restoration Mexico: desde los recorridos al amanecer y las señales casi imperceptibles de la fauna hasta el conocimiento de la comunidad que orienta las decisiones de conservación a largo plazo.
En nuestra reciente actualización, “105 especies y contando: la vida en los manglares de Úrsulo Galván”, presentamos los primeros resultados de la línea base de biodiversidad realizada en el proyecto Mangrove Restoration Mexico, en Tabasco. Durante el primer levantamiento de campo, llevado a cabo en mayo de 2026, el equipo registró 105 especies en los manglares, las áreas reforestadas, los tulares y la laguna.
Estos resultados muestran qué especies documentó el equipo. Sin embargo, las cifras no cuentan toda la historia detrás de los datos: cómo se eligen los puntos de monitoreo, qué señales buscan los biólogos, por qué el conocimiento local es indispensable o cómo las observaciones de hoy pueden orientar decisiones dentro de cinco, diez o veinte años.
Para conocer el trabajo detrás de los resultados, conversamos con Elder Ruiz Velásquez, responsable técnico del componente de fauna de la línea base de biodiversidad. Con más de 20 años de experiencia en ecología y manejo de fauna silvestre, Elder coordinó los muestreos de campo, supervisó la calidad de los datos y ayudó a convertir las observaciones en un punto de referencia para la gestión del proyecto a largo plazo.
Soy biólogo y consultor especializado en ecología y fauna silvestre. Cuento con más de 20 años de experiencia en investigación y manejo de vida silvestre. Mi trabajo se enfoca principalmente en la ecología de poblaciones y comunidades, incluyendo su estructura, abundancia y patrones demográficos.
En la línea base de biodiversidad de Úrsulo Galván soy el responsable técnico del componente de fauna. Coordino y superviso los estudios ecológicos, verifico la calidad de los datos y me aseguro de que los resultados cumplan con los requisitos técnicos y normativos del proyecto.
Elder Ruiz Velásquez dirige el componente de fauna de la línea base de biodiversidad del proyecto.
El proyecto se encuentra en un punto donde convergen dos realidades muy distintas. Al oeste está el desarrollo industrial en torno a la refinería de Dos Bocas. Al este se encuentra la Reserva de la Biosfera Pantanos de Centla, uno de los sistemas de humedales más importantes de México.
Desde el punto de vista ecológico, el Ejido Úrsulo Galván puede funcionar como una zona de amortiguamiento entre el desarrollo industrial y el área protegida. También puede ayudar a mantener la conectividad para la fauna dentro de un paisaje cada vez más fragmentado.
Eso hace que el proyecto sea particularmente interesante para mí. Trabajamos en una zona sometida a una fuerte presión por el desarrollo, pero que al mismo tiempo posee una biodiversidad excepcional y un enorme valor para la conservación.
El agua manda en este paisaje. Las lanchas son el principal medio de transporte y muchas familias dependen de la pesca y de los recursos que proporciona la laguna.
Se ven árboles que parecen salir directamente del agua: los manglares. Sus ramas ofrecen hábitat a numerosas especies de aves, mientras que sus raíces expuestas crean refugios y zonas de crianza para peces, crustáceos y otras especies acuáticas.
También hay una transición muy marcada en la vegetación. El mangle rojo crece junto al agua, con sus características raíces aéreas, mientras que el mangle blanco aparece en las zonas más alejadas de la orilla. Durante el trabajo de campo, el sonido constante de los insectos y las aves te acompaña todo el tiempo.
Una línea base de biodiversidad es como una fotografía de los animales que habitan un lugar en un momento determinado. Al tomar esa fotografía ahora, podemos compararla con observaciones futuras y entender qué ha cambiado.
Es importante aclarar que la línea base es un punto de partida. Por sí sola, no demuestra que la restauración ya haya mejorado la biodiversidad. Su valor está en establecer una referencia que nos permita medir los cambios futuros.
Sin ese punto de partida es mucho más difícil distinguir entre las variaciones naturales, los efectos de la restauración y los cambios provocados por presiones externas.
Estamos registrando de manera sistemática el estado actual de la fauna en los distintos hábitats del proyecto. Esto incluye:
En las siguientes rondas de monitoreo podremos comparar estos indicadores con la línea base. Así podremos identificar si el ecosistema se mantiene estable, si las especies sensibles están regresando o si alguna presión externa está modificando la composición de la fauna.
El área reúne una gran variedad de hábitats dentro de un territorio relativamente pequeño. Los manglares, las áreas reforestadas, los tulares y la laguna albergan distintos grupos de especies.
Además, estos ecosistemas cumplen varias funciones al mismo tiempo. Los manglares proporcionan alimento y refugio para la fauna, sostienen la pesca local, retienen sedimentos, filtran escurrimientos y ayudan a estabilizar el suelo. También reducen la erosión y amortiguan parte de la fuerza de las tormentas y el oleaje.
La ubicación del ejido también es importante. El área puede contribuir a mantener la conectividad ecológica entre los hábitats circundantes. Esta función cobra todavía más relevancia en un paisaje afectado por el desarrollo industrial y los cambios de uso de suelo.
Combinamos métodos directos e indirectos porque ninguna técnica por sí sola permite registrar toda la diversidad de fauna presente en un ecosistema de manglar.
Los métodos directos incluyen la observación de aves y mamíferos diurnos con binoculares; el registro de aves, anfibios y animales nocturnos mediante equipos acústicos automatizados; y la captura temporal de pequeños mamíferos, peces o crustáceos para identificarlos y medirlos antes de liberarlos.
Con los métodos indirectos nos convertimos en una especie de detectives. Buscamos las señales que dejan los animales: huellas, excrementos, nidos, madrigueras, plumas, sitios de alimentación y rutas de desplazamiento. Las cámaras trampa también nos permiten registrar fauna mediana y grande sin necesidad de estar presentes.
Al combinar varios métodos podemos documentar especies que, de otra manera, pasarían desapercibidas.
Las cámaras trampa permiten documentar animales difíciles de observar directamente.
Los sitios deben representar los diferentes ambientes presentes dentro del ejido. Por eso establecemos puntos fijos de muestreo en los manglares, la laguna, los tulares y las áreas reforestadas.
Tomamos en cuenta la accesibilidad y la seguridad, pero también buscamos señales de actividad animal: senderos, huellas, zonas de alimentación, madrigueras y lugares de descanso. Para el monitoreo acuático seleccionamos canales y áreas de aguas abiertas con distintas profundidades y tipos de fondo.
Todos los sitios se georreferencian para que, en los siguientes levantamientos, podamos regresar exactamente a los mismos puntos. Esta consistencia es fundamental para comparar los datos a lo largo del tiempo.
El conocimiento local también es clave. Los pescadores, ejidatarios y demás habitantes saben por dónde suelen desplazarse los animales y dónde se alimentan o se concentran. Sus observaciones nos ayudan a seleccionar puntos de muestreo más representativos y a evitar vacíos en el diseño del estudio.
Comenzamos alrededor de las 5:30 de la mañana. La temperatura todavía es relativamente fresca y muchas aves y mamíferos se encuentran en su periodo de mayor actividad.
Después del desayuno y el café, nos reunimos con los guías locales, revisamos el plan del día y hacemos los ajustes necesarios según el clima y las condiciones del terreno. Luego cargamos en la lancha las cámaras trampa, las grabadoras acústicas, las trampas para pequeños mamíferos, las redes de pesca, los binoculares y las libretas de campo.
Al llegar a los sitios de muestreo, el equipo se divide en grupos. Algunos instalan o revisan cámaras trampa. Otros observan aves, graban vocalizaciones, buscan rastros o realizan muestreos de peces y crustáceos en la laguna.
Al mediodía, el calor hace que el trabajo sea cada vez más pesado. Regresamos a la base, resguardamos el equipo, revisamos y respaldamos los datos y dejamos todo preparado para el día siguiente.
Moverse dentro de un manglar es físicamente muy exigente. Caminamos largas distancias sobre lodo profundo y resbaloso, con temperaturas elevadas, humedad extrema y mosquitos.
El acceso también cambia con las mareas. La vegetación densa y las raíces aéreas dificultan el traslado del equipo, mientras que la turbidez del agua limita la observación directa de las especies acuáticas. Además, debemos estar atentos a cocodrilos, serpientes y rayas.
Por eso el diseño del monitoreo tiene que ser flexible. Las condiciones de campo pueden cambiar rápidamente y la coordinación con los guías locales es indispensable.
Las mareas, el lodo, la vegetación densa y la humedad plantean desafíos constantes para el trabajo de campo.
Durante el primer levantamiento registramos 105 especies, entre ellas 74 especies de aves y cinco especies incluidas en la categoría de Protección Especial de la NOM-059. También documentamos especies introducidas que deberán vigilarse en las siguientes rondas de monitoreo.
Sin embargo, el trabajo de campo no consiste únicamente en observar animales directamente. También registramos huellas, nidos, plumas, excrementos, marcas de alimentación y otras señales de actividad.
Un hallazgo que me pareció particularmente interesante fue un sitio de alimentación reciente de una nutria neotropical en uno de los canales.
Todavía nos falta confirmar la presencia del manatí. Algunos integrantes de la comunidad han reportado avistamientos en la zona, pero hasta ahora no hemos logrado documentarlo mediante los estudios de la línea base.
Es importante mantener clara esa diferencia: las observaciones locales nos ayudan a orientar el trabajo, mientras que el monitoreo científico nos permite confirmar y documentar la presencia de una especie de manera sistemática.
Algunas especies pueden ayudarnos a interpretar aspectos específicos del estado del ecosistema, sobre todo cuando se monitorean de manera constante a lo largo del tiempo.
El cocodrilo de pantano (Crocodylus moreletii), por ejemplo, es un depredador tope. El estado de su población puede darnos información sobre la integridad de la cadena alimentaria y las condiciones del hábitat.
Peces nativos como el pejelagarto (Atractosteus tropicus) y el juil descolorido (Rhamdia guatemalensis) pueden ayudarnos a entender la calidad del agua y la conectividad entre los hábitats acuáticos.
Las aves de humedal también aportan información valiosa. El gavilán caracolero (Rostrhamus sociabilis) depende en gran medida de los caracoles acuáticos, mientras que la aninga americana (Anhinga anhinga) necesita una disponibilidad suficiente de peces y condiciones adecuadas del agua para cazar.
Las especies introducidas nos ofrecen otro tipo de señal. Si especies como la tilapia del Nilo o el guapote tigre nicaragüense aumentaran significativamente su dominancia, esto podría indicar una alteración ecológica o una mayor competencia con la fauna nativa.
Ninguna especie puede definir por sí sola la salud de todo el ecosistema. La fortaleza de la línea base está en analizar estos indicadores en conjunto y observar cómo cambian con el tiempo.
La recuperación no consiste simplemente en registrar cada vez más especies.
Buscaríamos una comunidad de fauna más equilibrada y estable: que las especies nativas sensibles permanezcan o aparezcan con mayor frecuencia; que las especies introducidas o los generalistas dominantes no se expandan de manera desproporcionada; y que las poblaciones muestren mayor estabilidad entre los distintos periodos de monitoreo.
También esperaríamos que el hábitat desarrollara una estructura más compleja, con más raíces, sitios de anidación, fuentes de alimento y mejores condiciones del agua.
En última instancia, un manglar saludable debe ser capaz de resistir una perturbación y recuperarse sin perder sus funciones esenciales.
Los integrantes de la comunidad son mucho más que guías. Tienen conocimientos construidos a lo largo de generaciones de vivir y trabajar en este paisaje.
Nos ayudan a identificar rutas de fauna, zonas de alimentación, sitios de anidación y canales con una elevada presencia de peces. También comparten observaciones históricas sobre los cambios en el manglar, el agua, la fauna y los usos del territorio.
Los pescadores saben dónde suelen encontrarse especies como el róbalo, el sábalo y el pejelagarto. Los habitantes también han compartido observaciones de manatíes, cocodrilos y otros animales que pueden ser difíciles de registrar durante un periodo limitado de muestreo.
Después podemos contrastar ese conocimiento con los datos del monitoreo científico. La combinación de ambos nos ofrece una visión del ecosistema mucho más completa de la que cualquiera de estas fuentes podría proporcionar por separado.
En mis 20 años de experiencia, nunca he visto un proyecto de conservación exitoso que no cuente con el respaldo de la población local.
La comunidad proporciona acceso, conocimiento y legitimidad. Pero, sobre todo, su participación permite que el monitoreo y la conservación continúen más allá de la duración de un estudio o de una fase específica del proyecto.
Cuando las personas sienten que el proyecto también les pertenece, la conservación deja de ser una intervención externa. La propia comunidad se convierte en la principal defensora del manglar frente a futuras amenazas.
Esto es especialmente importante en Úrsulo Galván porque los peces no son solamente indicadores de biodiversidad. Especies como el róbalo, el sábalo, el pejelagarto y la tenhuayaca forman parte de la alimentación local, sostienen la pesca y contribuyen a los ingresos de las familias. La salud del ecosistema y el bienestar de la comunidad están directamente relacionados.
Local community members navigate through dense wetland vegetation by boat, using wooden poles to move across the shallow waterways.
La línea base le proporciona al proyecto un punto de referencia cuantitativo. Los siguientes monitoreos podrán mostrar si existen cambios significativos en la composición, abundancia o dominancia de las especies.
Un cambio repentino podría funcionar como una señal de alerta temprana. Podría indicar contaminación, alteraciones en el hábitat, la expansión de una especie introducida u otra presión derivada de las actividades humanas.
El equipo del proyecto podría entonces investigar la causa y ajustar su estrategia. Por ejemplo, podría reforzar la protección de un hábitat crítico, cambiar la ubicación de alguna actividad o implementar medidas adicionales de mitigación.
Si los indicadores se mantienen estables o mejoran, esto ayudará a demostrar que las medidas de conservación y manejo están funcionando. De esta manera, la línea base se convierte en una herramienta de gestión adaptativa, en lugar de ser un informe que termina guardado en un cajón.
Yo comparo una línea base de biodiversidad con los análisis de laboratorio que utiliza un médico para evaluar la salud de un paciente. Sin esos resultados, el médico trabaja prácticamente a ciegas.
Lo mismo sucede con los proyectos climáticos. Sin una línea base, una empresa puede apoyar determinadas actividades sin contar con una imagen confiable de las condiciones iniciales del ecosistema. Esto dificulta medir los cambios, identificar riesgos emergentes o respaldar con evidencia los resultados relacionados con la biodiversidad.
Una línea base no elimina los riesgos ecológicos ni garantiza un resultado determinado. Lo que ofrece es mayor certeza y evidencia útil para la toma de decisiones. Permite detectar desviaciones con anticipación, ajustar la estrategia del proyecto y comunicar sus resultados de forma más sólida y creíble.
Para las empresas que financian acciones climáticas, esta evidencia es indispensable si la biodiversidad debe considerarse un resultado medible del proyecto y no solamente un beneficio adicional expresado en términos generales.
Son dos dimensiones inseparables de un mismo desafío.
No podemos proteger el clima de manera efectiva mientras degradamos los ecosistemas que capturan y almacenan carbono. Un manglar dañado puede perder tanto el carbono que ya almacena como su capacidad de seguir capturándolo.
Al mismo tiempo, no podemos proteger la biodiversidad a largo plazo sin hacer frente al cambio climático. El aumento de las temperaturas, las alteraciones en los ciclos del agua, las tormentas y otras presiones climáticas afectan los hábitats de los que dependen las especies.
En Úrsulo Galván, proteger la biodiversidad también significa conservar un ecosistema de carbono azul. Al cuidar el manglar, la comunidad protege al mismo tiempo la fauna, el almacenamiento de carbono, la pesca y su propia resiliencia frente a los impactos climáticos.
Los datos obtenidos en campo permiten detectar cambios ecológicos y adaptar las medidas de gestión del proyecto.
Uno de los momentos que más recuerdo fue cuando nos sentamos bajo los manglares a desayunar con los participantes locales. Compartimos café, comida y experiencias de nuestras vidas.
En momentos así, la ciencia adquiere una dimensión humana. Entiendes que la conservación no se construye únicamente con datos, sino también con confianza y respeto mutuo.
Sentí algo parecido cada vez que los integrantes de la comunidad se emocionaban con los hallazgos, hacían preguntas u ofrecían su apoyo a pesar del calor y el cansancio. La conservación adquiere verdadero sentido cuando la comunidad la hace suya.
Me gustaría ver el área del proyecto cubierta por manglares saludables y funcionales, con una estructura vegetal compleja y una biodiversidad todavía mayor.
Me daría mucho gusto que especies importantes como el manatí pudieran documentarse con mayor frecuencia. Pero, sobre todo, quisiera que el manglar siguiera sosteniendo a las personas que han vivido aquí durante generaciones.
Eso significa contar con una pesca sostenible y abundante, protección frente a tormentas e inundaciones, oportunidades de ingreso dentro de la comunidad y un entorno saludable donde las personas puedan construir su futuro sin tener que irse.
Para mí, el mayor éxito sería ver un manglar restaurado que se convierta en la base de un futuro resiliente y próspero para la comunidad.
Conoce más sobre los beneficios climáticos, ecológicos y sociales del proyecto Mangrove Restoration Mexico.
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